El Lugar de Todo

Por: Jesús M. Pérez

Las borrascas han sido abrumantes para quienes viven en situación de calle, errantes y deambulantes se encuentran cotidianamente durmiendo bajo la protección de los techos de las casas en cada esquina. Las señoras y las niñas de alguna etnia indígena costera indican dirigiendo la mirada, y en silencio, varias de las pulseras en mostacilla que tienen de muestra artesanal para la venta sobre un mantel de color verde, que por el desgaste cotidiano del tiempo, parece ser más un limpión de automovil que un trozo de tela de vitrina.

En El Camellón mientras cae el sol, un hombre sin una de sus extremidades mueve con la mano izquierda con dificultad, una pequeña lata metálica, haciéndola sonar, buscando quizá, la misericordia del prójimo, y a la vez, anhelando una moneda, una ayuda, o cualquier cosa que pueda solventar las necesidades humanas que tanto él, como todos en general, debemos calmar.

Termina marzo y a las 17:20 llego al parque. Me dispongo a ocupar una de las banquetas de forma industrial del lugar, justo al frente de lo que pareciera fuese una de las entradas principales, peculiar y abierta en el gran recuadro de baldosas. Los caminantes nocturnos llevan a su lado a sus acompañantes caninos. Las parejas sonríen, los enamorados más jóvenes dejan escapar los brillos fuertes de sus ojos al detenerse a ver a sus iguales, mientras que la luz del sol aún se conserva en el firmamento.

Las aves silban, cantan y se arrullan mientras buscan dónde resguardarse de las telarañas de niebla que se empiezan a formar en las montañas cercanas para luego acercarse al centro de todo. Las luces comienzan a encenderse mientras la oscuridad nocturna se avecina. Todo es tan igual, tan común, y a la vez tan diferente. Lo distinto ahora es el estado físico de los perros callejeros, que en solitario, recaban en la mirada de quienes están sentados, buscando ahí una gota de humanismo, una caricia, un pan o al menos una sonrisa.

En el ambiente lo más llamativo de todo resalta por su particularidad: por instantes cortos se olvidan a las aves, mientras se piensa, los coros y silbidos en forma de canto se desvanecen. La cantidad de personas disminuye y aumenta en cuestión de segundos; lo único que no se transforma es el viento helado que se sostiene constante a la espera de un diluvio.

La noche apenas inicia, la brisa de seda apenas alcanzó a mojar las calles, y yo por lo menos, debajo de las frondosas ramas de los grandes árboles, si a mucho pude sentir la fina aura acompañada de la bruma corta y húmeda que entreteje el paisaje. En cuestión de segundos el lugar es ocupado por lo que parecen a primera vista ser turistas, ellos dejan aflorar sus rasgos y parece que se dejan maravillar por todo, y todo al tiempo no deja de llamarles la atención, es tan particular.

Las noches en este espacio son húmedas y ensordecedoras, carecen de calma y calidez. Las discotecas y cafeterías cercanas atienden a cientos de personas diariamente, el lugar se sirve de tertulia y las paredes de confidentes. Al centro de todo, una gran fuente se alza con fuerza, la presión del agua empuja el rocío suave de las gotas alrededor en forma de arco, mojando a los caminantes que transitan cerca. No hay silencio, parece que el mudo del lugar se ha escondido temeroso puesto que la razón para encontrarse allí se desvanece, no hay espacio o rincón para la tranquilidad que impávida trastoca y se jacta de su lejanía.

Cuando amanece, resaltan los taxistas frente a la iglesia, en una lucha incansable por tomar la siguiente carrera, que quién sabe a dónde los llevará. Juntos, solos, unos con otros; de pie, sentados; dispersos, atentos. Tras la caseta de su paradero, del otro lado de la barandilla metálica, hay una pantalla plana presentando las noticias nacionales, me doy cuenta que solo los mayores atienden a algo diferente que no sea fútbol.

La valla verde que aguarda parte de las escaleras de la iglesia central esconde varios rumores: hay quienes dicen que el párroco tuvo la idea de cortar parte de las varillas que sostienen la cúpula ¿Por estética? vaya uno a saber hasta dónde llega la vanidad visual que trasciende más allá de los principios físicos que estabilizan el domo que sostiene la segunda cruz más alta en el municipio; otros mencionan que vieron al padre en la oficina de planeación, donde validó una licencia de pintura para restablecer la vida de la fachada que  mide un poco más de 45 metros de altura; los más atrevidos comentan que en su corto humanismo, el padre se cansó de ver a los niños del colegio María Auxiliadora sentados sin hacer nada, arruinando el paisaje de sus escaleras. La verdad es que el cemento de la parroquia se está desmoronando de a pocos, y hay peligro de que por la humedad constante aumente su desgaste: por eso la valla verde, precisamente para proteger a los transeúntes de un posible accidente.

Hacía poco más de dos años que no se podía comprar una buena novela en el pequeño terruño envuelto por montañas. Don Luís, gran jugador de ajedrez y dueño de la única librería del municipio, no ha surtido de más literatura sus estantes que aguardan desde escritores como García Márquez hasta Virginia Woolf. Él, menciona que las ventas han bajado, y para comprar se necesita vender, cosa rara en el espacio que pasó de ser una librería, a ser barbería y cacharrería envuelta en tienda de barrio a la vez.

Un pequeño microbús se aparcó frente a la alcaldía. Libros de todos los tamaños y géneros pintan de color bajo la sombra de la sombrilla blanca de metal alargado que se desprende del transporte, un tono distinto a los antes vistos. Dos jóvenes licenciados en español y literatura y un viejo conductor de mula pensionado venden parte de las historias de miles de escritores del mundo entero.

En el centro, al lado de la gran fuente se alza un gran monumento al arriero del norte, el cable y su mula. Me detengo a verlo y en lo profundo de su mirada de hierro laminado noto melancolía. Me detengo a escribirle y esto surge:

 

Oh arriero, amigo de todos, compañero de nadie.

Centras en el lomo de tu mula las riquezas de mi pueblo,

llevas terciado el carriel de la alegría, el centro de

nuestras raíces antioqueñas. Te encuentras aquí, en medio de los cerros de café

en una cuna aquejada por las lagunas de niebla húmeda, telarañas de bruma

Y lágrimas de tristeza, lo mismo que llevas en los ojos, lo mismo que las madres llevan, esas mismas que perdieron a sus hijos en guerra

para luego seguir de pie y tejer el futuro de un territorio amoblado por

brillantes atardeceres y conchas de felicidad.

 

 

 Uno, dos, tres… diecisiete árboles, Ocobos y Fresnos. Palomas: blancas, grises, negras y cafés. Sinsontes, azulejos y colibríes. Ardillas y cometas. Flores amarillas, flores rojas…flores. Una perrita: La Mona.

Estoy sentado en una de las 36 bancas, entre madera y concreto, de este lugar. Tras mi espalda una mujer morena, alta; con cabello oscuro y rasgos caribeños; vestido rojo y zapatos bajos. Con su voz reta a través de su celular a lo que parece ser un enemigo, su esposo o padre. No hay duda alguna de que es un hombre.

– ¿Me está amenazando? ¿Me está amenazando? póngame a prueba y un día de estos se va a llevar una sorpresa.

Cada uno de los que transitan por este parque no está interesado en lo que le pasa a sus similares. Los niños corren, gritan y saltan; los adultos mayores descansan sentados con sus perros en una de las cuantas bancas, otros duermen, y algunos solo aprecian lo que ven; un hombre con bigote blanco y sombrero blanco pinta de blanco la base de los 17 árboles sembrados alrededor de los parajes transitables de este espacio.

La señora de las obleas en su carrito con ruedas de balineras se parquea en el costado derecho de la gran fuente, cerca de uno de los caminos principales por donde transitan todos los que tienen afán. El paisaje se envuelve por la sombra de las hojas nuevas de los grandes compañeros naturales, las casas de la fauna en el centro urbano.

Día dos

En el aire el aroma de las palomitas calientes pintadas de color azul, amarillo y rojo. El embolador sentado con su cajón de madera en forma de camión, al hombro, disfrutando de lejos el aroma dulce y fresco del lugar. Los vendedores de relojes regateando por cadenas. Los cientos de palomas reunidas alimentándose del maíz fino que algunos niños les lanzan en su inocencia, para luego ir tras ellas dando saltos, esperando tocar siquiera una. Un pequeño alegre dice: “papi la toque, la toque”.

El castillo, pero no de príncipes, sino inflable, atendido por el papá de David, otro pequeño de tan solo 10 años que le ayuda al hombre, pero que podría estar disfrutando de la diversión que ejerce el deslizarse por la tela roja y azul, que dentro resguarda como una torre antigua a los pequeños que por tres mil pesos disfrutan de 15 minutos de saltos y risas.

En el costado derecho del castillo un carrusel con ocho carritos colgantes que giran alrededor de una gran balinera con una cabrilla automotriz que permite que la fuerza de un hombre, su dueño, alimente la sed de vuelo de los niños, que al igual que en la torre de aire disfrutan de 15 minutos de alegría por 3 mil pesos.

Este sábado es más común de lo normal, niños, niñas, jóvenes y adultos compartiendo en familia el poco tiempo libre que les queda luego de una semana de pesada labor. Un castillo, un carrusel, dos brinca brinca y cuatro mini tableros dobles para que los pequeños coloreen con témperas sus dibujos animados favoritos son el centro de atención en el gran paisaje de una manzana que es un parque.

Inicia la lluvia a las 4:15 pm, todos huyen y el castillo cae, los colores de los dibujos quedan sueltos e incompletos, no hay niños en los saltarines, ni en, los carruseles; ni personas en las 36 bancas; ni pájaros, ni cometas en los 17 árboles. La señora de las obleas en medio de la lluvia toma una escoba y aprovecha para lavar, limpia los 2 metros cuadrados que son su espacio de trabajo, y corre todo aquello negativo que se marcha al igual que la basura y el polvo. La fuente no para y con cada gota de agua lluvia llena los vacíos de líquido que caen alrededor suyo, luego de que las gotas como el refrán de la oveja: “lana sube, lana baja”, caigan y se marchen con el viento.

Las novelas, los cuentos, las crónicas y toda la literatura que ha llegado nueva al parque del pueblo se ve atrapada por los plásticos que la resguardan de uno de sus mayores enemigos aparte del fuego y el olvido: el agua. Las flores rojas y amarillas caen, el agua desciende en forma de diluvio y empapa las esperanzas de los que llegaron en busca de una tarde diferente.

 

Gota a gota se van rebozando las canales que guían el agua hacía las calles, como un ejemplo del poder que posee el hombre para conducir aquello de lo que se cree dueño, una lección universal. Los humanos podemos dirigir los cursos inciertos de la vida hasta un punto, porque si algo es claro, es que no podemos forzar aquellos deseos conscientes que nos hacen presos del podría ser. No hay por qué preocuparse, con el tiempo todo se pondrá en su lugar, quizá, esas utopías más trágicas de las que somos poseedores, nos alojen pronto en los alcantarillados de la solitaria y fría basura que nos ha de ahogar.

Cada segundo tomamos decisiones buenas y malas, guías de un camino que desembocará en los resultados de una realidad adornada por errores de todo tipo. Sigo aquí, en cualquier parte del parque, a la vez no estoy, me siento lejos, en cualquier parte menos aquí. No es tan fuerte, pero me angustia la manera en que la brisa de aire enfría y ahoga mis pulmones. A las 19:15 siguen cayendo las gotas que destilan de los árboles, las hojas sobre el suelo, papeles y basura decorando el lugar.

Vaya yo a saber qué puede pasar, vaya yo a saber qué algo pueda cambiar. Después de todo me doy cuenta que este no es solo un parque: es el espacio de todo, donde todo y todos  confluyen.

Por: Jesús M. Pérez

 

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